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Arte · Feminismo · Memoria

Faith Ringgold: contar lo que otros preferían callar

Faith Ringgold, fotografiada en 1988
Faith Ringgold quilting “Tar Beach 2” in her La Jolla, California studio, 1990. © FWM Archives.

Una niña se eleva sobre los tejados de Harlem. Desde el cielo contempla la ciudad y se imagina capaz de llegar a cualquier lugar. Esa escena pertenece a Tar Beach, una de las obras más conocidas de Faith Ringgold, y explica bastante bien por qué su trabajo no cabe en la etiqueta de pintura narrativa. La imaginación es aquí una forma de conquistar un espacio que la realidad negaba.

Ringgold nació en Harlem en 1930. Creció en un entorno donde convivían una intensa vida cultural y las barreras del racismo. Se formó como artista, trabajó como docente y fue desarrollando una obra que nunca separó del todo la experiencia personal de los conflictos sociales de su tiempo. En los años sesenta pintó escenas atravesadas por la violencia racial y las tensiones de la sociedad estadounidense. No buscaba una imagen tranquilizadora de su país.

Después llegaron las telas. Sus célebres story quilts combinan pintura, costura y escritura. En ellos, la narración puede avanzar alrededor de la imagen, como si el borde del cuadro se negara a permanecer en silencio. Elegir ese soporte era también cuestionar una jerarquía antigua: la que reserva el prestigio de las bellas artes para unas técnicas y relega el trabajo textil, históricamente asociado a las mujeres, a la categoría de artesanía doméstica.

En Tar Beach, la protagonista no espera a que alguien le conceda libertad. Se imagina volando y, al hacerlo, transforma la ciudad. Ringgold convirtió esa historia en un libro infantil que ha acercado su universo a generaciones de lectores. No hay contradicción entre la aparente sencillez de sus imágenes y la complejidad de lo que cuentan. A veces una niña que vuela sobre un puente puede decir más sobre el deseo de justicia que una declaración solemne.

Ringgold también participó en protestas por la exclusión de artistas negras y mujeres de los grandes museos. Sabía que el reconocimiento no depende únicamente del talento: hacen falta espacios, oportunidades y personas dispuestas a cuestionar los criterios con los que se escribe la historia del arte.

Murió en 2024, después de una trayectoria larga y extraordinariamente diversa. Su obra sigue recordándonos que contar una historia no es un gesto menor. Elegir quién la protagoniza, quién puede imaginar otro futuro y qué materiales merecen entrar en un museo también es una decisión política.