En 1985, el Museum of Modern Art de Nueva York presentó una gran exposición sobre la pintura y la escultura recientes. La selección era abrumadoramente masculina. La respuesta de un grupo de artistas no consistió en pedir amablemente que las invitaran a la siguiente inauguración. Se organizaron, reunieron cifras y empezaron a colocar carteles en la calle. Habían nacido las Guerrilla Girls.
Sus primeras intervenciones tenían algo que las instituciones culturales no siempre saben encajar: eran divertidas y, al mismo tiempo, difíciles de rebatir. Señalaban nombres, comparaban datos y preguntaban por qué la historia del arte que se mostraba al público se parecía tan poco a la diversidad de quienes lo hacían. El humor no suavizaba la denuncia. La volvía más difícil de olvidar.
Para proteger su identidad, las integrantes adoptaron máscaras de gorila y nombres de artistas fallecidas, como Frida Kahlo o Käthe Kollwitz. El anonimato servía también para desplazar el foco: no importaba tanto quién formulaba la pregunta como por qué nadie quería responderla. Era una forma ingeniosa de discutir la costumbre del mundo del arte de convertir a ciertas figuras en celebridades mientras deja a otras fuera del relato.
Uno de sus carteles más conocidos, publicado en 1989, preguntaba si las mujeres tenían que estar desnudas para entrar en el Metropolitan Museum. Contraponía dos datos sobre las salas de arte moderno de aquel momento: menos del cinco por ciento de artistas mujeres y una gran mayoría de desnudos femeninos. No denunciaba la representación del cuerpo, sino una paradoja mucho más profunda: las mujeres podían ocupar las paredes como imágenes, pero apenas como autoras.
Con los años, las Guerrilla Girls ampliaron su crítica al racismo, al mercado artístico, a los museos y a las políticas de representación. Su trabajo recuerda que una institución no se vuelve igualitaria por organizar una exposición temática de vez en cuando. También cuentan las adquisiciones, los presupuestos, las direcciones y las decisiones sobre qué se conserva para el futuro.
Hoy sus carteles forman parte de colecciones y exposiciones de algunos de los museos a los que cuestionaron. Hay una ironía hermosa y algo incómoda en esa situación. Que una institución exhiba una crítica contra sí misma puede ser una señal de apertura; también puede ser una manera de domesticarla. Por eso sus preguntas siguen teniendo sentido fuera del marco y de la vitrina: ¿quién está presente, quién falta y quién decide?




